Le abrió el cráneo poco a poco y con mucho cuidado para no hacerle daño. Miró adentro y no parecía haber nada. Entonces cogió una luciérnaga de esas que tienen luz fluorescente y le alumbró el cerebro inyectándole una dosis de amor invernal.
-Voy a plantar cerebros en mi jardín imaginario.
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